¿Y si te dijera que tenemos dos cerebros y que uno no lo controlas tú?


Tu primer impuso será pensar: ¿Un segundo cerebro? ¡¡Estás loca!! Sin embargo, te quedarás con el runrún en la cabeza, y recordarás aquella primera vez en que el chico o chica que te gustaba te habló y sentiste «mariposas en el estómago». O también aquella primera vez en la que tuviste que hablar en público y tu intestino hizo de las suyas, o aquella en la que una mala noticia te impidió comer durante días porque sentías un nudo en el estómago. También puedes recordar cómo de feliz te pone comer tu comida favorita, o analizar cómo cambia tu carácter cuando estás hambriento… ¿Crees que ha sido casualidad?
Pues sí,  efectivamente en nuestro intestino tenemos un segundo cerebro. A ver, no un segundo cerebro literalmente, pero sí un sistema nervioso formado por (ojito con el dato) aproximadamente 100 millones de neuronas. ¿Qué? ¿Cómo te has quedado? ¡Contiene muchas más neuronas que la médula espinal! Estarás conmigo en que se ha ganado a pulso el apodo ¿no?Este segundo cerebro se conoce como Sistema Nervioso Entérico (SNE) y es la parte del sistema nervioso autónomo encargada de regular las funciones vitales gastrointestinales. Se forma entre la 4ª y 7ª semana de gestación, cuando las células de la cresta neural comienzan a migrar y van colonizando secuencialmente el sistema digestivo, comenzando por el esófago y terminando por… Bueno, ya os imagináis vosotros por donde acaba…

Las células precursoras provenientes de la cresta neural van establecerse y diferenciarse dando origen a dos plexos nerviosos, el submucoso de Meissner, y el mientérico de Aurbach.

Este importante sistema nervioso se relaciona de manera recíproca con el sistema nervioso central (SNC) a través de los nervios vagos, de tal manera que uno le envía mensajes al otro y viceversa, de ahí esta conexión entre nuestro estado mental y digestivo. Obviamente, no os descubro América si os cuento que todas estas conexiones nerviosas se van a encargar de que exista una buena motilidad gastrointestinal, o de que el cerebro perciba que tenemos hambre cuando la tenemos ¿no?

Sin embargo, estas conexiones van mucho más allá. Se han observado síntomas gastrointestinales asociados a enfermedades neurodegenerativas y enfermedades mentales tales como la esquizofrenia, el Alzheimer o la depresión.

Pero… ¿y si os digo que este sistema nervioso controla nuestro estado de ánimo?

Creo que hay pocas preguntas con una respuesta tan clara (¡o al menos en mi entorno social está claro!): comer nos hace sentir felices, y si se trata de nuestra comida favorita, ¡se nos arregla el día!

Dada la enorme importancia que tiene el tracto gastrointestinal sobre las enfermedades mentales, en los últimos años se han realizado numerosos estudios para comprender cómo es la conexión entre ambos sistemas nerviosos para poder utilizarla como posible terapia. El principal desencadenante de esta felicidad es la serotonina, también conocida como la hormona de la felicidad o  del placer. En realidad, la serotonina es un neurotrasmisor derivado del aminoácido triptófano, que regula muchos procesos fisiológicos: interviene en la fase de sueño profundo y en la regulación de la actividad sexuales, pero si es por algo es famosa, es por su capacidad para actuar como modulador del estado de ánimo.

Aproximadamente el 90% del total de la serotonina se encuentra en el tracto gastrointestinal. Las neuronas del plexo mientérico de Auerbach sintetizan, almacenan y secretan la serotonina… Por lo tanto, cuidad a vuestro segundo cerebro, porque será el encargado de daros la felicidad.

Un pequeño ejército invisible controla nuestros cerebros

Pues agarraos a la silla, porque si he conseguido sorprenderos con la cantidad de neuronas que están presentes en nuestro intestino, veréis ahora cuando os diga que ¡está colonizado por miles de millones de microbios!

El cuerpo humano está colonizado por entre 10 y 100 trillones de microbios (recuérdalo para los días tristes en los que te sientas solo…). Es más, más que individuos independientes podemos considerarnos ecosistemas independientes. Cada unos de nosotros vamos a tener una microbiota característica e irrepetible. Si eres de las personas que tienen fobia a los microbios y te pasas el día desinfectando hasta la comida que comes piensa que sin tu maravillosa microbiota no podrías vivir.

Si nos centramos en el tracto gastrointestinal, la microbiota intestinal es una de las más numerosas, ricas e importantes del cuerpo. En ella se han podido aislar e identificar más de 1000 especies distintas.

En los últimos años se ha estudiado el posible papel de la microbiota intestinal en patologías y trastornos del sistema nervioso. ¡Y han dado en el clavo!

Se han conseguido demostrar que la microbiota intestinal envía señales tanto al SNC como al SNE de tal manera que influye en muchos procesos fisiológicos del cuerpo afectando de manera muy significativa a los niveles plasmáticos de muchas sustancias, entre las que destaca la serotonina. En estudios en los que se utilizaron ratones libres de gérmenes, es decir, sin microbiota se observó una reducción significativa de los niveles de serotonina en la sangre. (¿Habéis leído bien, locos de los gérmenes? Sin vuestro ejército de microorganismos, no solo morirás, ¡si no que morirás infeliz!)

Además de en la síntesis y liberación de moléculas que afectan al sistema nervioso, numerosos estudios sugieren que la microbiota intestinal tienen importantes funciones en el desarrollo del sistema nerviosos, influyendo en la neurogénesis, en la función de las células gliales, en la generación de conexiones sinápticas y en la permeabilidad de la barrera hematoencefálica.

¡Cuida tu intestino casi más que tu corazón, te dará más alegrías!

 

 

 

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