¡Un remedio para la resaca, por favor!

“No vuelvo a beber”.  Seguro que conocéis a más de una persona que ha pronunciado esta frase tras una noche de desenfreno. Y es que somos muy hábiles en convertir cualquier plan en una excusa ideal para disfrutar de unas cañas o una copa de vino. El problema es que cuando estos planes se nos van de las manos, al día siguiente lo pagamos con una merecida ración de resaca, o científicamente hablando, de veisalgia.

La resaca normalmente aparece entre 6 y 8 horas después de la ingesta de alcohol, cuando los niveles de alcohol en sangre comienzan a disminuir. La intensidad de la resaca alcanza su máximo cuando el alcohol en sangre desaparece por completo y puede durar hasta 24 horas, durante las cuales un remolino de desagradables síntomas atormenta al arrepentido bebedor. El dolor de cabeza, los calambres musculares, los vómitos, las taquicardias o la fatiga son algunos de los más habituales, pero no los únicos, como podemos comprobar en la siguiente tabla.

Ya sea por haberla sufrido o por cultura popular, los síntomas que os acabo de contar no suponen una gran novedad, pero lo que seguro que muchos desconocéis es a qué se debe esta reacción de nuestro cuerpo. Aunque en parte sigue siendo un misterio, vamos a comentar algunas de las teorías que se han planteado para explicar por qué aparece la resaca tras el consumo de alcohol. 

Teoría 1: El alcohol es malo, y punto.

Pues vaya obviedad ¿no? Lo cierto es que el propio alcohol que ingerimos, además de desinhibirnos y soltarnos la lengua, tiene muchos otras consecuencias, y de hecho algunos de los síntomas de la resaca son el resultado del efecto directo del alcohol. ¡Vamos a por algunos ejemplos!

¡Agua, por favor!

La cantidad de veces que tenemos que ir al baño después de tomarnos unas cañas ya nos da una pista del efecto diurético del alcohol ¿verdad? La explicación científica a este fenómeno implica a una hormona a la que conocemos como hormona antidiurética o ADH, que como su nombre indica, en condiciones normales favorece la retención de líquidos. ¿Qué pasa después de una buena borrachera? Que el alcohol disminuye la producción ADH y se produce una eliminación excesiva de líquidos. Como resultado sufrimos una importante deshidratación que explica por qué nos sentimos como Bocasecaman y por qué tenemos la necesidad de beber cantidades ingentes de agua. Ahora, si piensas que la deshidratación es el origen de todos los males, estás equivocado. Lo cierto es que no es más que un efecto secundario del alcohol, pero no justifica los síntomas de la resaca. Entonces ¿qué otros efectos son los responsables?

¡¿Dónde está el baño?!

Por ejemplo, sabemos que el alcohol aumenta la producción de ácido gástrico e irrita el estómago y el intestino, haciendo que se erosionen las paredes y se inflamen. Así que, si castigamos a nuestro sistema digestivo con alcohol, se vengará de nosotros produciéndonos dolor de estómago, náuseas y ganas de vomitar.

Hoy no me puedo levantar…

Seguro que no hace falta que te diga que el alcohol produce somnolencia ¿verdad? Es cierto que tiene efecto sedante y de hecho si llegas a casa con unas copas de más, es fácil que te quedes sopa nada más tumbarte en la cama sin darte ni cuenta de cómo ha ocurrido. Sin embargo, ese sueño, aunque llegue muy rápido, va a ser corto, poco profundo y de baja calidad. El alcohol altera el patrón habitual del sueño, alargando la fase de sueño profundo y disminuyendo la fase REM (¿os acordáis de las fases del sueño?). Por todo esto es normal que cuando te despiertes te encuentres cansado, de mal humor y con pocas ganas de pensar.

Habla más bajo… ¡Me estalla la cabeza!

Una de las teorías más interesantes para explicar el porqué de la resaca es que el alcohol afecta al sistema inmunológico. Se ha demostrado que el alcohol altera la producción de citoquinas, unas pequeñas proteínas que coordinan la respuesta inmunitaria, por ejemplo regulando la inflamación o la producción de anticuerpos. Esto podría explicar por qué algunos de los síntomas de la resaca, como las náuseas, la fatiga o el dolor de cabeza, nos recuerdan tanto a los que sufrimos cuando nuestro sistema inmune lucha contra una infección viral. Además, las citoquinas también actúan sobre el sistema nervioso, y de hecho se cree que su actividad sobre el hipocampo (la parte del cerebro responsable de la memoria) es la que explica por qué nos cuesta poner en orden los recuerdos después de excedernos con el alcohol.

Teoría 2: La transformación del alcohol.

Una vez que el alcohol entra en nuestro cuerpo se pone en marcha toda una maquinaria para transformarlo y eliminarlo con mayor facilidad. El primer paso de esta transformación lo lleva a cabo una enzima llamada alcohol deshidrogenasa, que convierte el alcohol en acetaldehído. Aunque el acetaldehído es un compuesto muy tóxico, esto no suele suponer un gran problema, ya que normalmente una segunda enzima, la aldehído deshidrogenasa, lo transforma muy rápido en otro compuesto menos dañino, el acetato. Entonces, ¿cuál es el problema? Pues en algunas personas, esta segunda enzima funciona digamos «a medio gas», con lo que el acetaldehído permanece durante más tiempo en la sangre. Lo mismo podría ocurrir cuando la ingesta de alcohol es demasiado elevada. Además de hacernos sudar como pollos, la acumulación de acetaldehído en la sangre provoca taquicardias, naúseas y vómitos. ¿Ya odiamos lo suficiente al acetaldehído? Pues siento deciros que no va a ser nuestro único enemigo…

Teoría 3: Las malas compañías.

La intensidad y la probabilidad de sufrir una buena resaca van a depender de la presencia de congéneres en el alcohol. ¿Y qué son estos congéneres? Son sustancias biológicamente activas que se añaden o se generan durante el proceso de obtención del alcohol, ya sea en la fermentación o en el envejecimiento de la bebida. Algunos ejemplos de los congéneres que acompañan al alcohol son las aminas, los polifenoles, la histamina o el más conocido metanol. ¿Pero qué es lo que aportan estos compuestos? Muchos de ellos son responsables de las características organolépticas, es decir, son los que confieren el aspecto, olor y sabor característicos de cada bebida, pero además también son tóxicos para el organismo. Por eso, las bebidas oscuras (vino tinto, whisky, coñac…), que tienen mayor cantidad de congéneres, producen peores resacas que las bebidas más claras (ginebra, vodka…).

Así que ya sabes, la próxima vez que decidas tomar unas copas de más, prepárate para las consecuencias, y si no quieres sufrir una resaca muy dura, ¡elige bien qué vas a beber!

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