Antibióticos, un arma letal… ¡pero no para la gripe!

El invierno ha alcanzado en estos días su máximo exponente. Y como cada año, junto con la nieve y el frío, nos ha traído mocos, tos y estornudos en forma de catarro, o en el peor de los casos, de gripe. En ese estado, la cabeza no nos permite pensar con claridad… Tal vez sea por culpa de la fiebre que nos fríe las neuronas, por la falta de sueño fruto de una tos que no descansa ni de madrugada o por la desesperación por no dejar de pingar el moco. Sea como fuere, con este tipo de enfermedades cometemos una graaaan cantidad de estupideces. Entre ellas, una de las más habituales y peligrosas: recurrir a los antibióticos para tratar de combatir nuestro malestar. ¡Error!

¿Qué son los antibióticos?

Los antibióticos son sustancias químicas, producidas por microorganismos o sintetizadas en laboratorio, capaces de matar o detener el crecimiento de bacterias. En cierto modo podemos decir que son “bombas de precisión”, ya que son capaces de atacar a las bacterias sin hacer daño a nuestras propias células. Para ello van a aprovechar las diferencias que existen entre las células bacterianas (Procariotas) y las células de nuestro organismo (Eucariotas).

Vamos a ver cuáles son algunas de las dianas sobre las que actúan los antibióticos para desatar su poder destructor:

  • Pared celular
    Las bacterias cuentan con una capa externa que no está presente en nuestras células. Se trata de la pared celular, formada por peptidoglicano, una estructura que, entre otras funciones, les ofrece una protección extra. Antibióticos como los beta-lactámicos (entre los que se encuentran la famosa penicilina o las cefalosporinas) o la vancomicina actúan impidiendo la síntesis de esta muralla, dejando a las bacterias expuestas hasta que finalmente mueren.

  • Genoma
    Para que las bacterias se puedan multiplicar necesitan trasmitir su información genética, es decir su ADN, de generación en generación. Con este fin en mente, el ADN de la bacteria “madre”  sufre un proceso de replicación que permite obtener una copia fiel al original y que luego trasmitirá a su hija. De esta forma, ambas serán genéticamente idénticas. Aunque este proceso también tiene lugar en nuestras células, las enzimas involucradas son distintas en cada caso. Por lo tanto, la función de algunos antibióticos es bloquear la síntesis del ADN y con ello impedir que las bacterias se puedan dividir. Así, las fluoroquinolonas impiden la replicación del ADN al unirse a unas enzimas esenciales para asegurar la integridad del genoma: las topoisomerasas. Si dejan de funcionar, el ADN bacteriano pierde su plegamiento característico, se desestabiliza y no puede ser replicado para que las células hijas reciban tan preciada herencia… ¡La catástrofe está servida! Otro ejemplo es el de las sulfamidas, que interfieren en la síntesis de los nucleótidos, los eslabones que constituyen el ADN.

  • ARN
    Como en cualquier otra célula, los genes de las bacterias se transcriben en ARN para expresar su información. Pero la maquinaria responsable de esta función (la ARN polimerasa) en las bacterias es ligeramente diferente a la nuestra. Antibióticos como la rifampicina tienen en cuenta esos pequeños matices para bloquear la transcripción únicamente en las bacterias.

  • Proteínas
    En el citoplasma de las bacterias se encuentran los ribosomas, unos orgánulos esenciales en los que se produce la síntesis de proteínas. Es cierto que los ribosomas también se encuentran en nuestras células, pero son un poquito diferentes. Esas sutilezas son suficientes para que antibióticos como los macrólidos, las aminoglucósidos, o las tetraciclinas sólo sean capaces de unirse a los ribosomas bacterianos bloqueando la síntesis proteica en estos microorganismos.

¿Por qué no debemos tomar antibióticos cuando tenemos gripe o catarro?

En primer lugar: porque no funcionan. Los mecanismos de acción que acabamos de ver, explican por qué los antibióticos no son útiles para combatir enfermedades causadas por virus, como el catarro común o la gripe. La estructura de los virus es extremadamente simple: no tienen pared celular ni orgánulos, y su maquinaria de síntesis es, o mucho más básica que la de las bacterias o directamente inexistente. Es decir, no presentan ninguno de los objetivos diana de los antibióticos, lo que les permite salir absolutamente airados de su ataque.

Pero además, si recurrimos a los antibióticos cuando no debemos, corremos importantes riesgos. El primero de ellos, arrasar con nuestra microbiota autóctona. Y es que, aunque algunas bacterias son perjudiciales para nuestro organismo y pueden causarnos enfermedades, la gran mayoría de las bacterias no sólo no nos hacen daño, sino que contribuyen a preservar nuestra salud. Nuestro intestino, la vagina o la propia piel, están colonizados por una amplia variedad de bacterias que, actuando como un auténtico ejército, nos defienden de la invasión de diferentes patógenos. El problema de los antibióticos es que están diseñados para atacar a todo tipo de bacterias, amigas o enemigas. Así que, antes de tomar antibióticos sin una causa justificada, piensa si de verdad quieres bombardear a tu flora bacteriana… ¡Ella nunca lo haría!

Y todavía hay algo más. El uso indiscriminado de antibióticos favorece que aparezcan las temidas resistencias. A lo largo de la evolución, algunas bacterias han desarrollado mecanismos de defensa que las hacen inmunes al efecto de los antibióticos. Por ejemplo, algunas bacterias producen betalactamasas, unas enzimas capaces de destruir antibióticos como la penicilina. Otras han logrado modificar la diana sobre la que actúa el antibiótico, alterando por ejemplo la estructura de las topoisomerasas haciéndolas irreconocibles para las fluoroquinolonas.

¿Y qué tiene que ver el uso de antibióticos con el aumento de resistencias? Los antibióticos ejercen una presión selectiva: matan a las bacterias sensibles de manera que sólo las cepas resistentes permanecen en pie. Por tanto, son ésas las que se reproducen y transmiten la resistencia a su descendencia (transferencia vertical). Y por si esto fuera poco, las bacterias cuentan además con mecanismos muy sofisticados que les permiten compartir estas resistencias con otras bacterias no emparentadas (¡incluso de especies diferentes!), como si se tratara de un inofensivo intercambio de cromos (transferencia horizontal). De una u otra forma, las resistencias se van extendiendo por todo el mundo microbiano amenazando con convertir a los antibióticos en una herramienta totalmente inútil. ¡Está en nuestra mano no acelerar aún más este proceso evitando tomar antibióticos cuando no es estrictamente necesario!

¿Qué hago entonces para sobrellevar esta maldita gripe?

Pues siento decirte que no tengo una receta milagrosa… Dicen las abuelas que una gripe dura, con tratamiento, siete días, y sin él, una semana. Y esta vez nos toca estar de acuerdo con la voz de la experiencia. Aunque es cierto que el tratamiento no nos va a curar, al menos nos puede ayudar a sobrellevar los síntomas. Paracetamol para la fiebre, pseudoefedrina para la congestión, clorfenamina para frenar el moqueo… Pero sobre todo, paciencia y una buena manta. Y por supuesto, si no quieres volver a pasar por este calvario el próximo año, especialmente si eres población de riesgo, ¡recuerda que la vacuna contra la gripe puede ser tu mejor aliado!

 

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2 thoughts on “Antibióticos, un arma letal… ¡pero no para la gripe!

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