¿ADN de Luis XVI en una calabaza?

«París, 1793. Plaza de la Revolución. Luis XVI sube al cadalso ante la mirada expectante de la multitud. De fondo, quince o veinte tambores como banda sonora de la ejecución, elegidos para acallar los posibles gritos de apoyo al rey. El rey pronuncia sus últimas palabras dirigiéndose al pueblo francés antes de que el cepo se cierre sobre su cuello. La cuchilla cae mientras la plaza estalla en un rugido: «¡Viva la República!» Los presentes bailan alrededor del cadalso y muchos mojan sus pañuelos en la sangre que se filtra entre los maderos, sin saber que siglos después se convertirían en protagonistas de nuestra historia.»

Es ahí cuando empieza un relato surrealista que llega hasta el día de hoy: uno de estos pañuelos empapados en sangre real pertenecía a un coleccionista francés, que no debía de saber muy bien qué hacer con semejante objeto. Así que decidió que el mejor sitio para guardarlo era una calabaza (¡ah!, ¿que vosotr@s no guardáis ahí las cosas de valor?) y encargó a un artista que decorara el exterior. Si prestáis atención a la imagen, veréis que las manualidades que hacemos en Halloween son un churro en comparación con esta maravilla.

La protagonista de nuestra historia, de la especie Cucurbita moschata

La hortaliza sin la sorpresita dentro (el pañuelo desapareció y le perdimos la pista) acabó en manos de una familia de Bolonia que la tuvo en su poder durante décadas, hasta que recientemente contactaron con un grupo de investigación del CSIC para comprobar si efectivamente los restos de sangre que quedaban en la calabaza pertenecían a Luis XVI. El equipo, con Carles Lalueza-Fox a cargo, secuenció el ADN del interior de la hortaliza e hizo algunos análisis que os contaré a continuación para resolver el enigma. ¿Era o no era la sangre del Borbón?

Los análisis del genoma han permitido resolver un montón de casos de genética forense a lo largo de décadas, desde pruebas de paternidad hasta identificar al responsable de un crimen. Aunque a veces nos lleva a fails épicos, como cuando la Policía alemana creyó identificar el ADN de una asesina en serie porque el material genético se repetía en las distintas escenas del crimen; y resultó que ese ADN pertenecía a una empleada de la fábrica de bastoncillos de algodón con los que se tomaban las muestras. Pero, en este caso, el análisis genómico llegó a buen puerto.

Aunque parezcamos tan distintos, el genoma de los humanos es idéntico en un 99,9%. Sí, la diferencia entre el genoma de Mariano Rajoy y el de Conchita Wurst es de 0,1% aproximadamente. Por eso, para los análisis hay que centrarse en lo que nos hace diferentes, es decir, en los polimorfismos (palabro que significa literalmente «muchas formas» y que se refiere a que una misma secuencia de ADN puede tener varias variantes). En concreto, los investigadores de nuestra historia se centraron en los polimorfismos o variantes genéticas del cromosoma Y, lo cual tiene sentido: este cromosoma se transmite sólo por vía paterna, así que es más fácil trabajar con él para averiguar relaciones de parentesco.

En particular analizaron un tipo de polimorfismo en el que solo varían uno o pocos nucleótidos, llamado SNP (Single-Nucleotide Polymorphism). Para esto hay que comparar el tipo de SNPs que tiene el ADN de la muestra (es decir, las variaciones que identifican de forma única a la persona de quien hemos extraído el ADN) con los SNPs de una base de datos de distintas zonas geográficas, y así sabremos la parte del mundo de donde probablemente venga esa persona. Es más o menos lo que ocurre con los apellidos: el Instituto Nacional de Estadística tiene una web en la que introduciendo un apellido, podemos saber en qué zonas de España es más frecuente. Pues lo mismo con los SNPs: si cierta combinación es muy típica en una región, probablemente un individuo con esa combinación provendrá de esa zona.

Así, el equipo de Lalueza-Fox obtuvo unos resultados que podríamos llamar «plot twist» para millenials, «inesperado giro de los acontecimientos» para la gente de más edad. Lo más probable es que el individuo del que provenía la sangre de la calabaza fuera… ¡del norte de Italia! Si vamos al árbol genealógico de los Borbones de esa época, que bien podría servir para un culebrón, vemos que el único antepasado de Luis XVI proveniente de esa zona era uno de sus 16 tatara-tatarabuelos, así que los investigadores empezaron a sospechar que quizás -y solo quizás- la sangre no pertenecía a ese rey. Pero había algunos factores que podían explicar la falta de concordancia: la contaminación de la muestra, las dificultades técnicas de analizar ADN de hace 220 años… Por eso concluyeron que la hipótesis de que fuera sangre de Luis XVI era improbable pero no imposible, y siguieron haciendo más pruebas.

El siguiente paso fue comprobar si lo que se conoce del físico del Borbón concordaba con lo que estaba escrito en los genes de la sangre de la calabaza. Para ello buscaron documentación sobre rasgos fenotípicos (color de ojos, altura, etc), porque aunque existían cuadros, ya se sabe que en aquella época la pintura era como los filtros de Instagram y embellecía los defectos; no eran tan fiables como los textos que describían físicamente al rey. En concreto se fijaron en dos características: hoy sabemos a ciencia cierta que Luis XVI tenía los ojos azules y era de gran altura.

Empezamos por el color de los ojos. ¿Sabíais que está determinado por varios genes? Ya hay mucha gente que ha hablado de cómo los genes determinan el color de ojos así que yo, que he venido a hablar de mi libro, solo os contaré que depende enormemente de los SNPs; que por si lo habéis olvidado en los últimos dos minutos, eran las variaciones de unas pocas posiciones del ADN que cambian entre individuos. Con solo 6 SNPs se puede determinar de manera fiable el color de ojos de una persona; en este caso, con una probabilidad del 89%, el resultado fue que la persona cuya sangre apareció en el interior de la calabaza tenía… ¡ojos marrones!

Sin embargo los investigadores del CSIC, muy meticulosos ellos, dijeron: «Venga, a la tercera va la vencida». Y decidieron rematar la investigación analizando los genes relacionados con la altura. Esto es mucho más complejo porque influyen varios factores, hay 23 SNPs relacionados y se hacen cálculos en base a cuánto incrementa la altura de una persona cada combinación. Un lío, vaya.

Pero nuestros investigadores, después de luchar contra la precariedad de la ciencia en España, no se iban a rendir ante un reto semejante, y aplicando métodos estadísticos dedujeron que la persona cuyo ADN encontraron en la dichosa hortaliza debía de medir poco más de 1,67m, mientras que los documentos históricos situaban la altura de Luis XVI en torno a 1,90m. Y tampoco encontraron mutaciones asociadas a gigantismo.

¡Vaaya, vaya, vaya! Así que la calabaza contenía restos de sangre de una persona de ascendencia italiana, de estatura media y ojos marrones. No sé qué os parecerá a vosotr@s, pero los investigadores lo tenían claro: las pruebas genéticas indicaban que lo más probable es que no se tratara de la sangre de Luis XVI.

Aunque habría que matizar que estos experimentos tenían ciertas limitaciones, como que la calidad de la secuenciación se veía afectada por lo deteriorada que estaba la muestra de sangre (por los 220 años y esas cosillas) o porque había varios genomas mezclados de distintos organismos, desde bacterias y hongos hasta calabaza (¡qué sorpresa!). Si hubieran contado con técnicas de secuenciación más avanzadas o con el genoma de algunos Borbones de la época, la investigación habría obtenido resultados de mayor calidad. De hecho, todo apunta a que este tipo de estudios junto con el desarrollo de nuevas técnicas nos permitirá analizar los genomas de personas de épocas históricas recientes y tener más información sobre demografía, migraciones, etc.

Después de resolver tantos interrogantes, ahora solo nos queda una pregunta:

BIBLIOGRAFÍA

Botello, D., Gallardo, L., & Molina, F. (2017). Los vikingos no tenían cuernos. Madrid: Oberon.

Olalde, I., Sánchez-Quinto, F., Datta, D., Marigorta, U., Chiang, C., & Rodríguez, J. et al. (2014). Genomic analysis of the blood attributed to Louis XVI (1754–1793), king of France. Scientific Reports, 4(1). doi: 10.1038/srep04666


Paula del Río Manzanas. Soy Paula del Río, biotecnóloga en proceso (Universidad Politécnica de Madrid) y mamarracha a tiempo completo. Desde siempre me han gustado las curiosidades, la ciencia y diseñar memes, así que no os sorprenderá que acabara en el mundillo de la divulgación científica. Podéis encontrar una mezcla de las tres cosas en la cuenta de Twitter @hayquehacerla, donde hablo de ciencia y lo relaciono con temas sociales como el feminismo o la lucha LGBT.


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